y 12) El Egipto que hemos visto


Quince días recorriendo Egipto dan para mucho. Vimos varias ciudades, El Cairo, Alejandría y Luxor entre ellas, algunos pueblos, muchos templos, diversos museos, hoteles, navegamos tres días por el Nilo, hicimos dos vuelos domésticos, miles de gestiones para recuperar la maleta perdida por Iberia de la que nunca dió cuenta y, muy relevante, estuvimos a diario con guías que hablaban un español casi perfecto a los que preguntamos todo lo que nos interesaba y un poco más. También tuvimos algunas conversaciones con Ahmed, responsable de la agencia,y con su delegado en Luxor. Un bagaje interesante para nosotros y un cierto conocimiento del país.

Empezando por el tráfico, es muy diferente al que se practica en Europa. No es que sorprenda, para algo conocemos países de Asia, América o África donde sucede algo parecido, con la particularidad de que Egipto es un país muy poblado.

Caos viario en un mercado para egipcios en El Cairo

El caso de El Cairo, una conurbación con varias decenas de millones de habitantes, es especial. Hay muy pocos semáforos, escasísimos pasos de cebra, y mucha gente por las calles, amén de motocicletas, camionetas y coches con décadas a cuestas. En algunos puntos toman decisiones drásticas para que haya un mínimo de fluidez, como instalar una valla en el centro de la calle para que los peatones no crucen y ralenticen más aún el tráfico. 

En nuestro último paseo por el centro de El Cairo, en los aledaños del mercado dentral, la calle era una confluencia intensa de vehículos de todos los pelajes, personas, cachivaches y gestiones en las que cada uno iba a su bola y en la dirección que podía (marcha atrás muchas veces) sin más pitidos que los normales, que eran todos pues todo el que conduce algo se hace notar, pero sin acritud. Por algo el reloj de Alvaro le avisaba: "Está usted en una zona especialmente ruidosa". 


Sin embargo, las sensaciones se nos acumulaban, porque ese caos está muy vivo, es el pulmón por el que respira esta ciudad fascinante de multitudes en movimiento incesante y resultaba realmente hipnótico, aunque nos las vimos y nos las deseamos para salir de allí a algún punto en el que pudiera localizarnos el chófer para llevarnos al aeropuerto, ya mediada la tarde. Ninguna sorpresa, nos dijo, todos los días, salvo el viernes, son iguales en esta zona.


En las motos casi ningún conductor lleva casco, un porcentaje importante de estos vehículos carece de espejos retrovisores y en ellas pueden montar una o dos personas, lo normal, o tres, cuatro, cinco, seis y hasta siete, que hayamos visto. Pena que no pudiéramos hacer fotos a estas familias numerosas o grupos de amigos que compartían paseo en el mismo vehículo de dos ruedas.


Y respecto a los coches, lo que se puede imaginar, poco uso de los cinturones de seguridad, que a veces en los asientos traseros no estaban o no funcionaban. Y el móvil, uso habitual mientras se conduce. En España habrían perdido todos los puntos del carné.


También notamos cosas raras en las autopistas, como vehículos pesados que se colocaban a la izquierda y no se movían, obligando a coches más rápidos a adelantarles por la derecha. O autopistas que tenían carreteras paralelas destinadas exclusivamente a camiones. O autopistas en el interior de El Cairo donde los coches paran en el lateral para dejar o recoger viajeros, cargar paquetes o lo que sea. Son prácticas habituales. Pero eso sí, durante el viaje no presenciamos ningún accidente ni situación de riesgo. Una suerte.

Ultima comida en El Cairo, restaurante Zeeyar

Con las comidas no tuvimos ningún problema. En el hotel de El Cairo y en algún otro sitio, tipo bufé con amplia variedad: carnes de todo tipo, salvo cerdo, obviamente, a la parrilla o en guisos, con guarniciones de arroz, patatas o verduras. Entrantes de muchos tipos, sopas y abundancia de postres dulces, fruta, ensalada y en algunos lugares arroz con leche, muy rico. Pescado, poco.


Nuestro programa incluía pensión completa o media pensión la mayoría de los días, Alguna vez (Abu Simbel, El Cairo) elegimos restaurante a nuestra cuenta, y bien. A veces compramos fruta para solventar una comida, que los menús bufé son pesados.


Y vimos poco alcohol, aunque tomamos alguna cerveza, obviamente a precios caros y también té de menta, que estaba muy bueno.

Carnicería casi callejera en la parte no turística de Luxor

Excepcionalmente entramos en alguna tienda o supermercado, de aspecto equiparable, pero las veces que nos sumergimos en barrios locales la cosa cambiaba. La venta de carne y otros productos delicados al aire libre y sin frío es visible, a un europeo le rechina. Es frecuente también exponer pan recién hecho en el exterior o incluso comida. 

Frutas y verduras se ofrecen por todos lados

La venta de frutas y verduras por las calles es muy habitual, puestos en ocasiones muy llamativos. A veces son tiendas que sacan fuerta su mercancía y otras ambulantes con pequeñas camionetas o carritos.


 Pero los contrastes aparecen incluso aunque no los busques. En el caso de la imagen superior, en el centro de Luxor. Carrito histórico movido por dos asnos mientras el conductor mata el rato con el móvil.


Modos de transporte que por nuestros lares son impensables.

Dos tuk tuk sobrecargados en un escenario de gran belleza

Y el uso de pequeños vehículos para grandes transportes, poniéndolos a prueba y llevándolos al límite, algo frecuente. En la imagen, una carretera en las afueras de Luxor.



El Cairo, con veinte millones de habitantes y construyendo todavía la cuarta línea de metro, es un caos de tráfico y vimos (desde el coche) barrios agobiantes, de interminables bloques de viviendas muy pegados y sin zonas verdes o al menos libres. Pero, a la vez, es una ciudad con un interesante barrio antiguo histórico y edificios llamativos.



Normal, teniendo en cuenta la historia milenaria que atesora.


Egipto es una potencia turística y un país con un nivel de vida bajo para nuestros estándares. Los empleados del sector ven al visitante como una opción de mejorar sus ingresos, por lo que la propina es como una epidemia. La piden en todos lados y es costumbre darla, para un occidental es poco relevante. Pero también pudimos comprobar que los egipcios igualmente se dan propinas entre ellos y regatean a muerte llegado el caso cuando van a hacer alguna compra. Es, realmente, un modo de ser.

A veces se producen situaciones surrealistas. Baño de aeropuerto, en el exterior cartel grande indicando que no se aceptan propinas. Dentro, un propio monta guardia junto a los lavabos y el depósito de toallitas. Cuando alguien se lava las manos, corta un trozo de papel para dárselo. Si lo aceptas, está perdido, tiene que darle una propina. Incluso, si hay pocos usuarios (Asuán) este voluntario aguarda afuera sentado y entra cuando entra un cliente.

Vigilante egipcio con (supuestos) lazos con Barcelona

Es frecuente que se ofrezcan a hacerte fotos o que te cuenten historias sorprendentes, como un vigilante del hotel de Abu Simbel, con una chaqueta con el emblema de la Guardia Urbana de Barcelona. 

Sorprendente escudo, vete a saber la historia

Un vez enredado el turista, explicaba que tenía cinco hijos y otros detalles. El viajero no entendió la indirecta y este amable agente lo esperó dos horas después, a la salida del espectáculo de luz y sonido, para recordárselo. Obviamente, se llevó su propina, que bien se la había trabajado.

Un vez, incluso, un vendedor de un mercadillo que nos mostró mercancía amablemente, pero no le compramos nada, pidió un euro.... por su buena voluntad y esfuerzo. Esto ya nos pareció excesivo.

Billete de 200 libras egipcias, el de mayor valor en el país

Un euro equivalía en febrero del 2026 a 55 libras egipcias, y los billetes de papel oscilan desde cinco libras el más pequeño (¡10 céntimos!) hasta 200 libras el mayor (cuatro euros escasos). Y los salarios medios van de 200 a 300 euros. El desnivel con Europa es patente.

Otra prueba, en los quince días solo en una ocasión vimos pasear a un bebé en un carrito. Lo habitual, en los brazos de su mamá o, a veces, de otro familiar. Es un utensilio caro y nadie lo compra, no es imprescindible. Como comparación, en Guatemala no vimos ni siquiera un carrito de bebé.

Cajero automático dentro del hotel

En el interior de nuestro hotel había una pequeñísima oficina bancaria en la que trabajaban seis personas perfectamente encorbatadas y con traje negro. La utilizamos para cambiar euros en billetes pequeños y atender así las obligadas propinas, evitando darles monedas de euros que luego no podían cambiar. Una día sorprendimos a cinco de ellos que, a la vez, trataban de resolver un problema sobrevenido en el cajero automático, una escena curiosa.

En nuestro caso, pagar el viaje a Ahmed fue muy complicado. Tanto, que nos volvimos debiéndole la mitad del importe. Todo empezó al llegar, por querer pagar con tarjeta bancaria y no tenía a mano la terminal de cobro. Luego optamos por sacar dinero (creyendo que pagábamos con la tarjeta) en la mencionada oficina bancaria.

El viajero con montones de dinero egipcio.. que no llegan a 4.000 euros

El malentendido se aclaró cuando el responsable bancario nos hizo mostrar el dinero destinado a  Ahmed directamente a la cámara de vigilancia de la oficina, para que quedará filmada la entrega. Tampoco nos importó. El resto del dinero se lo transferimos en Egipto, pero casi dos semanas después, a punto de volver a España, fue reintegrado a nuestra cuenta. Imposible ejecutar la transferencia, no sabemos por qué. De vuelta a casa hicimos otra transferencia yendo a una oficina bancaria española y en dos días tuvo el dinero. Ahmed aceptó la situación, pese al riesgo que supuso para él, con buena cara y ni la menor queja, afirmando que confiaba en nosotros.

Camino de Abu Simbel, al fondo extensiones de regadío en pleno desierto

Ya hemos comentado que el agua del Nilo da para mucho, incluso para transformar zonas de desierto en áreas de cultivo. En la imagen se aprecia una mancha verde al fondo, y la seguimos viendo a lo largo de muchos kilómetros.

Normas para el baño en la piscina del hotel

La vestimenta femenina en Egipto incluye en la mayoría de los casos pañuelo para la cabeza, y en otros muchos hiyab que cubre todo el cuerpo, y a veces la cara también tapada. Pese a ello, en nuestro hotel había normas para el uso de la piscina vetando el vestuario islámico más rígido.

Plaza Tahrir de El Cairo, centro neurálgico de la ciudad

Teníamos interés en conocer la plaza Tahrir, el corazón de la capital egipcia y lugar emblemático donde empezó la revolución de la primavera árabe, escenario de tantas protestas, muchas sangrientas. Es una plaza enorme, ordenada, con muchos hoteles, donde todos esos sucesos parecen haber sido olvidados.


Y los barrios de los alrededores, zonas bien cuidadas y con edificios modernos.


Pero según nos íbamos acercando al mercado turístico de Jan El Jalili, de fama internacional, la fisonomía urbana empezaba a cambiar, mucha gente, puestos en la calle y tráfico desordenado.

Muchos perros vabagundos estaban identificados en una oreja

Perros callejeros en grupos numerosos pululaban por los más diversos lugares. Tranquilos, sin raza definida ninguno de ellos, tampoco de pasar hambre, consumían las horas dormitando. El de la imagen, en la ciudadela de Saladino, en El Cairo, lucía una identificación, una especie de crotal, en una de las orejas, y así la mayoría. Parece que los propios vigilantes turísticos procuran que haya un poco de atención sobre estos animales callejeros. Y en los restos históricos de Saqqara, donde había numerosos perros por todo el área desértica, confirmamos que estos vigilantes les suministran agua y comida. Estaban a su aire pero parecían tener sus necesidades básicas cubiertas.

Mostrando la fabricación tradicional de papiro

Tras la visita a Giza, Walla nos llevó a una tienda de papiro donde conocimos como se fabricaba este material para escritura o finalidades artísticas. El tallo de la planta se parte en trozos, un proceso simple, y una vez humedecidos se van colocando trenzados. Ingenioso.


Y para despedir este blog, una imagen interior de nuestro hotel en El Cairo, el Pyramids Park, donde estuvimos muy cómodos. Su personal, muy numeroso, se esforzaba en mantener verdes los jardines. Un trabajo ímprobo en un país caluroso donde nunca llueve. Y más o menos lo conseguían.

¡ADIÓS EGIPTO!

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