Se habla del desierto como si hubiera solo un tipo, y lo cierto es que son muchos y variados, en esta excursión tendríamos ocasión de comprobarlo. Terminando el viaje ya lo habíamos pateado unas cuantes veces, la última el día anterior en Saqqara o antes camino a Abu Simbel. Esta vez se trataba de hacer una escapada a desiertos que ya directamente se venden con apellido, desierto blanco, desierto negro, algo fuera de lo habitual.
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| Ante dos montañas oscuras en el desierto negro |
Primero fuimos al desierto negro, en el que la arena se ha cubierto de restos menudos de lava de antiguos volcanes, que le confiere un peculiar color oscuro casi negro.
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| Formas sorprendentes generadas por la erosión en el desierto blanco |
El desierto blanco es un escalón más elevado en este ránking de desiertos top ya que directamente es un parque nacional protegido desde 2002, y no es para menos. Allí se han generado estas surrealistas esculturas de piedra caliza y tiza blanca, auténticas obras de arte si hubiera intervenido la mano del hombre. Al parecer, este tipo de piedra caliza se utiliza para hacer adobe blanco. Una de las diversiones allí es encontrarles parecidos con animales o objetos.
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| Curiosas formaciones de roca contrastan con la arena en Agabat |
Además, conocimos el valle de Agabat, donde la erosión ha hecho brotar una especie de granos gigantes directamente de la arena, esta sí del color habitual.
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| Los vehículos todoterreno, imprescindibles |
Y para ver estas maravillas de la naturaleza es preciso utilizar vehículos 4x4, ya que se hacen muchos kilómetros campo a través o por caminos de tierra, más bien lo primero. Por suerte, nuestro guía/conductor era experto y lo conocía bien, sobre todo quería demostrarlo haciendo numeritos y transitando y derrapando por dunas. Pero al regreso le entró la prisa.
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| Una de las jaimas donde pasamos la noche |
De postre disfrutamos de la noche en una jaima. Unas pequeñas camas dispuestas en cubículos alfombrados en suelo y paredes y techo, el exterior de cañas. Decentes y con luz eléctrica. Una experiencia... interesante para un día.
POR EL DESIERTO NEGRO
Salimos del hotel pronto, a las 7:30, había que hacer muchos kilómetros hasta el oasis de Bahariya, nuestra base de operaciones. Desde El Cairo son algo más de 400 kilómetros, ya que no hay carretera en línea recta. Primero fuimos hacia el sur y a mitad camino el vehículo giró en dirección oeste.
Bahariya está situado a 870 kilómetros de Libia, en un punto más o menos equidistante entre el vecino país y el mar Rojo.
Nos instalamos en un recinto difícil de definir, donde se acomodan excursionistas que van a ver los desiertos o a distintos tours de aventura por la zona. Es una especie de camp con comedor, una zona de estar abierta para las veladas nocturnas más un jardín con jaimas dispersas. Tiene también unos baños... bueno, pongamos que para lo justo. Hicimos la comida allí, en la línea habitual, y después salimos con Hassim, nuestro guía esta vez (un chaval de 21 años que nos había ido a buscar al aeropuerto el día que llegamos) y el conductor de la zona, que después sabríamos que es el dueño de este albergue.
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| El color negro contrasta con el claro de la arena, sorprendente |
Haríamos muchos kilómetros en el todoterreno esa tarde pues volvimos ya de noche. Y salvo un rato al principio, en su mayor parte campo a través, disfrutando de la soledad del desierto aunque en puntos estratégicos coincidimos con otros viajeros. Fue muy agradable.
El desierto negro se formó hace unos 180 millones de años, en el período jurásico, debido a una intensa actividad volcánica en la zona.
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| Ascendimos a una de estas montañas para conocerla de cerca |
Allí se produjeron erupciones volcánicas, que dejaron el terreno cubierto de lava y dando este tono oscurro a las pequeñas montañas. La lava se ha ido desintegrando, formando una superficie terrosa o de pequeñas piedras.
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| En la cumbre admirando el paisaje |
Estos pequeños montículos tienen una altura máxima de unos cien metros, pero varían en composición, altura y forma.
Desde arriba contemplamos un horizonte de gran belleza y en casi completa soledad, una pasada. Nuestra montañita repleta de trozos de lava y a los lejos otras igualmente ennegracidas, como si se hubiera producido un incendio, algo imposible.
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| Sorprendente paisaje del desierto negro |
Nos empapamos de un horizonte inusual y poco después nos poníamos en movimiento para seguir el programa.
VALLE DE AGABAT
Según leímos después, el desierto negro ocupa unos 30 kilómetros, espacio en el que es posible ver estas montañitas teñidas de negro. Pero al poco de movernos el desierto recuperó su aspecto y color habitual.
El siguiente destino fue el valle de Agabat, no demasiado lejos. Y otro lugar especial.
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| Rocas redondeadas parecen emerger de la arena |
El panorama que se nos ofreció era muy diferente. De repente llegamos a un mirador natural entre dos altos montículos desde donde divisábamos el valle.
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| Los montículos parecen un escenario de vete a saber qué |
Frente a nosotros enormes montículos irreales, como transplantados. No parecen pintar nada, y cuando nos cansamos de su contemplación el todoterreno nos llevó hacia ellos, descendiendo por una duna arenosa clásica.
Es un paisaje que rompe la imagen clásica de un desierto, con el horizonte siempre lejano y normalmente sin accidentes geográficos. Aqui está repleto de estas enormes piedras erosionadas, sin aristas, y entre ellas circulamos camino del desierto blanco, el plato fuerte de la jornada.
DESIERTO BLANCO
Tras un nuevo paseo campo a través empezamos a ver figuras de caliza y tiza en formaciones caprichosas, aquellas que les ha dado la naturaleza y que tanto llaman la atención.
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| La visión parecía casi la de un paisaje nevado |
Además, amplias superficies del suelo aparecen casi totalmente blancas, imaginamos que producto de la erosión de estas figuras.

Hay docenas, centenares de estas esculturas, hasta donde alcanza la vista. Una visión sorprendente.
Nuestro conductor detuvo el vehículo para que pudiéramos pasear por la zona. No éramos los únicos, hay varios grupos más, todos encantados con esta visión inimaginable. Y el árbol que tenemos delante pensamos que algún día caerá, el tronco es fino y la erosión no perdona.
Hay montones de figuras y suelo tiznado de blanco donde debía haber otras que han sucumbido al paso del tiempo. Es una visión irreal, parece un montaje.
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| Conejo apoyado en las patas traseras |
Estamos delante de lo que parece un cuadrúpedo, tal vez un conejo, apoyado sobre sus patas traseras. El entretenimiento era buscarles parecidos.
Y junto a la más llamativa, la que tiene un diseño especial, aguardamos la caída del sol para que el espectáculo fuera todavía más grandioso.
Observando la puesta de sol tras nuestra escultura.
Pasamos un rato agradable contemplando una maravilla de la naturaleza que solo requiere que vengas hasta aquí. Una vez en el coche, la puesta de sol fue general y lo vimos desaparecer por el horizonte. Cayó la oscuridad con rapidez, pero el conductor no se inmutó y siguió conduciendo a toda velocidad.
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| Rocas curiosas en la montaña de cristal |
Además de lo narrado, el día dio para más. Estuvimos en la montaña de cristal, donde se han generado montículos con cristales que refulgen y rocas similares a la estalactitas de una cueva, solo que en exterior.
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| El viajero quiso probar la experiencia de una bajada rápida por la duna |
El chofer se encaramó en una alta duna con el 4x4 para que quien quisiera descendiera por la ladera con una tabla, como si fuera nieve. No era sencillo, la arena frenaba la tabla y complicaba el descenso en línea recta. Dos de los viajeros lo intentaron, pero solo uno lo hizo decentemente.
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| Agua abundante en el oasis del valle de El Haiz |
Tambien nos detuvimos en un oasis en el valle de El Haiz, donde existen palmerales y manantiales. Este estanque, destinado al riego y para animales, situado bajo unos árboles, resultó un sitio fresco y como fuera de lugar... en el desierto.
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| Canalillo de agua en el interior de un bar |
Al lado, una especie de bar con zona relajada para tomar té sentados en el suelo. En el colmo de la sofisticación, un canalillo de agua lo atraviesa, dando frescor y belleza.
Hassim, nuestro compañero de andanzas, resultó un chico muy agradable a la espera de convertirse en un guía de primera. Muy joven todavía, su dominio del español y su don de gentes le auguran sin duda un buen futuro en el sector.
ALOJAMIENTO EN BAHARIYA
Siendo noche cerrada llegamos al campamento, donde comprobamos que había más gente alojada. El programa incluía la cena, que fue similar a las de otras veces: entrantes, ensalada y pollo a la brasa con guarnición.
El regreso duró reltivamente poco ya que el cuentakilómetros marcaba 160 km por hora en ocasiones, y eso que en el tramo de carretera sorteamos pequeñas camionetas y motocicletas sin luz trasera. Y por encima de todo, al conductor le gustaba hablar por teléfono mientras conducía. Llevaba dos móviles y siempre estaba hablando por uno de ellos. Un atardecer de riesgo.
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| El viajero en el jardín del alojamiento con algunas jaimas al fondo |
Después de cenar pasamos un rato agradable en la zona de reuniones, con un fuego en el centro y tomando varios tés verdes, riquísimos.
Había otros turistas, una pareja de italianos que venían de Libia, dos asiáticos y una guía.
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| Animación musical y cánticos para compartir un té nocturno |
Varios empleados del albergue se arrancaron con instrumentos de percusión entonando canciones folklóricas.
Tras un rato observando a este grupo tan variado, decidimos irnos a dormir a la jaima.
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| Acceso a la jaima |
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| Interior de la jaima |
La noche fue bien, y como es habitual en el desierto, la temperatura descendió mucho y usamos la enorme manta que nos dejaron. Por la mañana, desayuno y vuelta a El Cairo para concluir el viaje al día siguiente con un día libre por la ciudad. Lo cierto es que la salida de Bahariya se retrasó, el coche tenía una rueda pinchada y no había forma de arreglarla... sin la llave adecuada para quitar los tornillos, cosas de Mortadelo y Filemón. Pasada una hora, cambio de coche y para la capital sin nuevas incidencias.
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| Con nuestro guía Hassim antes de salir del campamento de Bahariya |
Repetimos el trayecto del día anterior a la inversa y todo fue bien. Fueron dos días de mucho coche, pero viendo un paisaje nuevo, un país desconocido y teniendo siempre un guía con el que podías comunicarte en español y un coche cómodo, el tiempo pasaba volando.