1) El Cairo, histórico, amable y caótico


El Cairo, una megaurbe de vete a saber cuantos habitantes (unos 10 millones, 22 el área metropolitana, la mayor de África), es historia, pero hay que buscarla, no se encuentra a primera vista; un lugar de gente amable, pero no es fácil conectar debido a la dificultad idiomática, lo que incluye que los números en árabe son un misterio para nosotros; e, indudablemente, es un caos para los europeos (¡ay el tráfico cairota!), lo que se detecta casi de inmediato: pocos semáforos, menos pasos de cebra, cláxones sonando continuamente y los vehículos sin respetar los carriles de circulación además de varios pasajeros en las motos (¡llegamos a ver hasta siete, varios niños!) y por supuesto sin casco. Es lo más visible de este trío de calificativos. Por otro lado, tiene su punto divertido, esa sensación de que  el caos, finalmente, funciona sin heridos graves....que nosotros viéramos.

Interior de la mezquita de Muhammad Ali, conocida como mezquita de alabastro

Los egipcios son amables, incluso zalameros, y la seguridad casi absoluta

La ciudad es complicada para el turista, salvo el centro y las zonas turísticas

Todo eso lo ignorábamos cuando planeamos pasar un par de semanas en Egipto atraídos por lo mismo que los millones de turistas que recibe anualmente el país del Nilo, 19 millones en  2025. Su historia faraónica, sus templos y pirámides espectaculares, y todo el proceso de descubrimiento y recuperación en los últimos tres siglos, principalmente los dos más recientes, atraen como un imán. Y no es para menos.

En nuestro caso, los cuatro turistas gallegos que allí fuimos optamos por una fórmula cómoda que normalmente desechamos en nuestros viajes. Escogimos una agencia local bien valorada en los foros que nos lo dio todo masticado: recepción en el aeropuerto, traslados con guía y coche en todo momento, y con el español como lengua. Batrán Tours fue un descubrimiento, su responsable, Ahmed, una persona amable y encantadora, y al viaje que nos diseñó no le pudimos poner pegas con algún cambio que sugerimos. Resultado, un itinerario de lo más interesante, casi perfecto de no haber sido por la tendencia de Iberia a perder maletas y dar la callada por respuesta (Ahmed aquí se ganó el sueldo) y las dificultades para pagarle a Batrán, que fueron casi irresolubles. Tanto, que Ahmed todavía no tuvo  el dinero en su poder hasta siete días después de haber regresado a casa . Otro dato, reservamos el viaje sin pagar ni un euro antes de llegar.

Como se aprecia en el mapa, estuvimos en el Cairo y alrededores, en el norte (Alejandría), en el centro sur (Tebas, actualmente Luxor) y bajamos en el barco hasta Aswan viendo templos y las márgenes del Nilo. Finalmente, nos acercamos a la maravilla de Abu Simbel, próxima a la frontera de Sudán, y por el oeste a los desiertos Negro y Blanco.

En el vestíbulo del Pyramids Park Resort, nuestra base cairota, al poco de llegar.

Aterrizamos en El Cairo pasadas las diez de la noche del 26 de enero tras un viaje sin problemas desde Vigo con escala en Madrid. Lo más delicado fue la salida de Peinador, con un tiempo horrible, vendavales y tormentas. Pensábamos que a la vuelta todo se habría resuelto, ingenuos de nosotros. En el aeropuerto cairota no hubo problema alguno pese a la falta de organización; casi por olfato descubrimos donde se pagaba el impuesto disfrazado de visa de turismo (25 dólares) tras rellenar un impreso que nadie leyó. Bueno, problema si hubo: no llegó la única maleta facturada por el grupo, lo que obligó a tramitar la correspondiente reclamación que de nada sirvió. La oficina era a medianoche un sofá donde una decena de personas charlaban, entre locales y otros compis de varias nacionalidades a los que también les faltaba su maleta. Daba igual, Iberia es hoy el día que no ha dado acuse de recibo. Por suerte Ahmed logró recuperarla y nos la hizo llegar a Luxor cinco días después. Lo dicho, una persona amable siempre y muy eficaz.

Planta baja del Pyramids, lugar de estancia cómodo y vistoso

Al hotel, Pyramids Park Resort, no le podemos poner grandes pegas, salvo la habitual, mala wifi en las habitaciones, y eso que estuvimos en tres diferentes ya que fuimos y volvimos varias veces. Aceptables las estancias y lugares comunes, muy bien el desayuno bufé y una seguridad impresionante, como la que vimos por todo el país, con policías desplegados por ciudades y carreteras de forma sorprendente para un europeo. Actualmente, se ve que están haciendo obras en las instalaciones.
Se encuentra ubicado en Giza, alejado unos 15 kilómetros del centro de El Cairo, pero enfrente, literalmente, del nuevo Gran Museo Egipcio y, por lo tanto, de las pirámides. Sin embargo, no se puede salir andando de él ni dar un paseo por los alrededores porque, como otros muchos hoteles, da directamente a una autopista. Para un egipcio no sería problema, ya que vimos como las atraviesan sorteando vehículos y hasta hablando por el móvil al mismo tiempo con toda naturalidad, pero nosotros no estamos habituados a tales heroicidades.

Llegar a la recepción (en la imagen) exigía pasar un estricto control de seguridad

La entrada en el hotel, un recinto muy amplio, está cerrada a cal y canto y con un muro perimetral. Los vehículos tienen que parar, identificarse el conductor y tras la revisión de los bajos con un espejo, a veces también el portamaletas y en ocasiones olfateado el coche por un perro entrenado en la detección de explosivos y droga. Solo después se puede entrar al recinto.

Inscripciones antiguas en la recepción del hotel

El hotel está estructurado alrededor de una piscina gigante, limpia pero poco usada en enero porque al bajar la temperatuta por la noche el agua estaba fría

Tiene más de 400 habitaciones, distribuidas en diversos edificios de dos alturas separados por jardines en los que cuesta mantener el verdor. En todo lugar son visibles vigilantes estáticos uniformados aparentemente innecesarios en su mayoría, lo que nos hace pensar que los sueldos son muy bajos. También cuenta con varios restaurantes: buffet, italiano y japonés. Probamos los dos primeros y bastante bien.

Entrada al hotel desde el amplio aparcamiento, se sucedían las llegadas y salidas

Excepción hecha de las dificultades con la wifi (salvo el vestíbulo y zonas de estar) todo discurrió allí a nuestra completa satisfacción. Destacar que en la planta baja hay una oficina bancaria, minúscula pero con media docena de empleados, de la que hablaremos en su momento.


CIUDADELA Y MEZQUITA DE ALABASTRO



Con Walla, nuestra guía, en el patio de la mezquita de alabastro

La cuarta jornada de nuestra estancia la dedicamos a conocer lo más interesante del centro de El Cairo. Previamente habíamos estado en las pirámides y en el nuevo museo, visitas de las que ya hablaremos. Dirigidos por Walla, nuestra guía cairota, con la que compartiríamos cinco días de actividad viajera, amable, profesional, tranquila, y en el coche conducido por Momo, quien solo hablaba árabe, por lo que la interacción fue mínima, pero que también nos cayó bien y tenía pinta de buena persona. Pese a la falta de diálogo, tuvo un protagonismo indeseado en nuestro traslado a Luxor, pero ni mucho menos le guardamos rencor, para nada. 

Muralla de la ciudadela medieval cairota

En una apretada jornada, la primera parada fue la Ciudadela de Saladino, fortificación medieval de la etapa islámica y durante 700 años sede del gobierno y de sus gobernantes (siglos XIII al XIX). Aquí comprobamos la comodidad y el ahorro de tiempo que supone que te lleven, bajar en la entrada y que la guía gestione los pases, te conduzca y realice las explicaciones, y el chófer se haga cargo del vehículo. El acceso eran 10€, pero estaba incluido en nuestro viaje como la mayoría de las visitas que haríamos en estas dos semanas.

De camino comprobamos que El Cairo más vetusto cuenta con una serie de autopistas o similares encajadas entre bloques de viviendas, con frecuencia en altura pasando muy cerca, mucho, de los edificios. Con tantos millones de habitantes y todavía construyendo la cuarta línea de metro (que no utilizamos) parecen imprescindibles y están casi saturadas.

Como suele suceder, a lo largo de los siglos, la ciudadela ha sido sometida a cambios, modificaciones y ampliaciones, lo que en el momento actual dificulta su recuperación y obliga a elegir el momento que se quiere priorizar. Un clásico que en su día vimos muy claro en la francesa Carcassonne.

Edificada en un alto dentro de la planicie que ocupa El Cairo, nunca fue sometida a un asedio, aunque estuvo en el centro de varios conflictos políticos.

Mezquita de Muhammad Ali (1830/1857), el punto más alto de la ciudadela

Tutelados por Walla recorrimos varias callejas y llegamos a la mezquita, un llamativo edificio al que pudimos acceder. Fue la mayor construida en la primera mitad del siglo XIX y desde allí se divisa una amplia vista de la ciudad. 

Patio de la mezquita y kiosko para las abluciones previas a la entrada al templo

La ciudadela estuvo cerrada durante muchos años y su uso era exclusivamente militar, incluida la etapa británica. Solo en 1983 el gobierno egipcio decidió abrirla al publico y es en la actualidad uno de los mayores atractivos turístico de El Cairo. Por la noche se encuentra muy bien iluminada.


Pasamos un rato recorriendo una parte del recinto y disfrutando de la tranquilidad de la zona y de sus esbeltos minaretes..

Torre del reloj, regalo de Francia

En la mezquita llama la atención la Torre del Reloj, regalo de Luis I de Francia y entregada entre 1836/1840 como contrapartida al obelisco de Luxor instalado en una plaza de París. Fue el primer reloj público del país, aunque estuvo sin funcionar durante décadas

Espectaculares cúpulas recubiertas con láminas de oro en el interior

Bella por fuera, su interior es mucho más impresionante, con una decoración rica, sin espacios libres. El templo se diseñó inspirado en la mezquita Azul de Estambul. Aunque tiene escasamente dos siglos, en 1935 fue preciso desmantelar sus cúpulas ya que aparecieron grietas que las hacían peligrar. El proyecto fue aprovechado para arreglar el reloj de la torre. No sabemos si ahora mismo funciona, fue un detalle que olvidamos comprobar. Impactan las cúpulas doradas y su acústica, pensada para facilitar la oración.

Vista de El Cairo desde el exterior de la mezquita

Antes de irnos tuvimos una primera visión amplia de El Cairo, con sus sempiterna cubierta grisácea, imaginamos que mezcla de contaminación y arena del desierto que rodea la ciudad. Es una imagen dura de edificios sin fin y desde allí no se aprecian espacios abiertos o verdes.


Para entrar en la mezquita es preciso descalzarse o cubrir los zapatos con una funda plástica, opción esta última que nos resultó más cómoda. 


MERCADO DE KAN EL JALIL 


Siguiente etapa, el antiguo bazar de la ciudad, un gigantesco mercado asentado en una sucesión de callejas, algunas francamente estrechas, que hace las delicias de los visitantes. Íbamos enterados de que, como es habitual en el mundo árabe, el regateo no es una opción sino más bien una obligación, y de las normas teóricas al respecto. Lo practicamos ese día y en otros posteriores, obteniendo objetos o ropa entre el 45% y el 60% del precio inicial; pensamos que era una buena rebaja, y ellos sin duda una buena venta. Pero más no apretábamos pues nos parecían los productos sumamente baratos. Y como consecuencia de dudosa calidad. Según nos aseguró previamente Ahmed, casi todos procedentes de China.

Una calle del mercado, un verdadero laberinto donde es difícil orientarse

Fuimos tan pronto por sugerencia de Walla, ya que de esta manera habría menos gente. Recorrimos algunas calles, tuvimos un rato de tiempo libre y nos acercamos a la tienda de Jordi, muy apreciada por los turistas ya que sus precios son bajos y allí no se regatea. Es muy popular entre los turistas españoles. Al parecer, este éxito molesta a los demás comerciantes, uno de los cuales lo expresó en voz alta días más tarde, cuando supo adonde nos dirigíamos. Aún sabiendo lo listos que son y que a veces se manejan en español sin saber lo que dicen, nos sorprendió que en la tienda preguntaran si éramos gallegos hablando como hacíamos en castellano, y te despidan con un "ata logiño". Flipamos.


Pasear por estas callejas es un atractivo al margen de los productos que ofrecen. Se nos hizo muy corto el rato y decidimos volver al final del viaje, el último día, que lo teníamos libre. Y cumplimos, pero ya lo relataremos pues fue, digamos, más movido.


Pese a que no estuvimos mucho rato, hicimos algunas compras. Vimos cafés, curioseamos y  rechazamos entre 500 y 5.000 propuestas de otros tantos vendedores. Saben que agobian y lo explotan asegurando en correcto español "yo no agobio" mientras evidentemente agobia. Pero todo sin problema ni tensión alguna.

Como es habitual, los puestos sacan la mercancía a la calle

Aunque con seguridad son miles las tiendas, tantas que se hace difícil imaginar que todos estos comerciantes puedan vivir de sus ventas, los productos que exhibían no nos atrajeron especialmente. Y como suele ocurrir, se repiten.


Y tras esta inmersión en la histórica tradición comercial de los árabes, Walla y Momo pusieron ruta al barrio copto. Y nosotros con ellos.


Al entrar y salir del mercado habíamos pasado junto a la imponente mezquita de Al Azhar. Tiene más de un milenio y es de las más destacadas de una ciudad conocida, por algo será, como la de los mil minaretes. Estos días en El Cairo comprobamos que es una denominación muy acertada. Siempre tienes varios a la vista.


BARRIO COPTO Y SINAGOGA


Es un sitio especialmente histórico de El Cairo Viejo, cuyo nombre se contrapone a New Cairo, una nueva capital en construcción a 45 kilómetros y que pretende albergar a seis millones de personas. En construcción desde hace años, será la nueva capital administrativa. Una amplia área de la zona histórica de El Cairo es Patrimonio de la Humanidad desde 1979, incluye más de 500 hectáreas con el barrio copto, el mercado y la ciudadela como lugares destacados.

Restos de la fortaleza romana de Babilonia

En el barrio copto, atestado de visitantes, recorrimos algunas de sus callejas para acercarnos a dos iglesias y a una sinagoga, históricas todas.

Zona de acceso de la iglesia colgante. En primer término, Walla, nuestra guía.

La primera parada fue en la iglesia Colgante o de Santa Virgen María, del siglo III, de las más antiguas. Atestada de público.

Iglesia colgante, hay referencias de ella desde los albores del cristianismo

El tour histórico religioso por este barrio cristiano especialmente atractivo para los visitantes incluyó la Iglesia de San Sergio y San Baco, no tan antigua como la anterior pero donde la tradicción señala que es el lugar donde se refugió durante más de un mes la Sagrada Familia en su huída de Egipto.

Iglesia de San Sergio y San Baco

El supuesto paso de la Sagrada Familia por este lugar convierte el templo en un lugar de peregrinación para los cristianos, aquí llamados coptos y que representan aproximadamente el 10% de la población.

Cripta de la iglesia de San Sergio

Podemos decir que eran la población autóctona cuando llegaron los árabes y lograron mantener su identidad. El término copto es una derivación de la palabra egipcio en griego.


Finalmente, acudimos a la sinagoga de Ben Ezra, la más antigua de Egipto, completando así una jornada con lugares sagrados de las tres grandes religiones monoteístas. 


Ya no se utiliza con fines religiosos, solo como lugar histórico y arqueológico.


Tras el tour religioso, abandonamos el barrio atravesando de nuevo estrechas callejas cargadas de historia en dirección a la actividad final de la jornada, el museo de las Civilizaciones.


MUSEO DE LAS CIVILIZACIONES



Amplia explanada de acceso al museo de las Civilizaciones

Se trata de un museo reciente, inaugurado oficialmente en 2021 pero abierto desde 2017, que cuenta con el atractivo de la exhibición de 22 momias reales, 18 de faraones y 4 reinas, las únicas reales que han podido ser recuperadas. Se encuentran en una zona subterránea con un control estricto de sus condiciones de temperatura, humedad y luz dentro de cajas transparentes. No dejan hacer fotos, así que solo podemos dar nuestra impresión. Allí reposan Ramsés II (gobernó 66 años nada menos), la saga de los cuatro Tutmosis, la reina Hapshepsut, cuyo templo funerario visitaríamos unos días después, y otros.

El árabe es un completo misterio para los visitantes foráneos

Aunque en el blog no lo hemos contado todavía, acudimos a este recinto después de haber dedicado una jornada completa previa al Gran Museo, enorme y muy interesante instalación inaugurada a finales del año pasado. Por tanto, lo que aquí vimos nos impresionó menos que si hubiéramos venido en primer lugar.

Pequeñas esculturas con actividades diarias como la de hacer pan

Es un museo amplio, bien montado e interesante, pero nada que hacer frente al Gran Museo... salvo las momias. Cuenta con unos fondos integrados por unos 50.000 objetos de la historia del país desde tiempos prehistóricos. Principalmente, encontrados en recintos funerarios, tumbas y pirámides. También hay muchos restos textiles.


Estas imágenes son figuras encontradas en tumbas destinadas a facilitar el tránsito a otra vida del personaje en cuestión. Y gracias a los lugares escondidos y protegidos de las tumbas, en la medida en que algunos quedaron a salvo de los saqueos, han logrado llegar a nuestros días.


En el centro de la sala principal hay una abertura circular sobre la parte inferior del recinto, donde se encuentra el acceso a la zona de las momias. Proyectan de seguido imágenes de tumbas, sarcófagos y dibujos de la antiguedad.


La parte de las momias está muy controlada, y es una visita lineal, al estilo de las tiendas de Ikea, con vigilantes cada pocos metros. Impresiona ver cuerpos embalsamados hace miles de años en los que en algún caso es posible distinguir rasgos y cubiertos con telas que se han mantenido.

Pese a que la atención principal de los turistas es el nuevo Gran Museo, aquí también había mucha gente. Acabada la visita, Walla y Momo nos llevaron a comer. Lo hicimos en un centro comercial de acceso controlado. Estuvo bien, con el esquema de estos días de El Cairo de unos entrantes de encurtidos, salsa de queso, humus, babaganush y después pollo o ternera a la parrilla con arroz y patatas fritas. Estaba incluido en el viaje, salvo las bebidas.

2) El misterio de las pirámides de Giza y la excelencia del nuevo Gran Museo


Giza es una ciudad pegada a El Cairo, forma parte de su conurbación con nada menos que unos cinco millones de habitantes. Y al lado de su casco urbano están las tres maravillas, las pirámides más famosas de Egipto, gigantescas figuras poliédricas perfectas formada cada una de ellas por millones de enormes bloques de piedra caliza. Estamos todos hartos de verlas en imágenes, pero en directo son otra cosa, reales, enormes, macizas, y cuando recibes explicaciones sobre estas construcciones funerarias se dispara la curiosidad. ¿Cómo lo hicieron hace 4.500 años? ¿Cómo fue posible?. El caso es que verlas por primera vez produce una emoción difícil de describir al estar en un lugar que conoces desde siempre por infinidad de libros, clases de historia y reportajes...sin embargo, tenerlas delante es otra cosa, como si de algún modo te sintieras partícipe de la pretensión de transcendencia que en su momento representaron las pirámides, con el objetivo de facilitar el tránsito a la vida eterna de los reyes egipcios en ellas enterrados.

Keops, Kefrén y Micerino en la planicie desértica donde fueron erigidas 

La visita a las pirámides es obligada para quien viaje a Egipto y no las conozca. Fue nuestra primera actividad en el país. 

Esfinge de Giza, la vigilanta de las pirámides

Y de segundo plato, ese mismo día, la cercana y misteriosa esfinge de cabeza humana y cuerpo animal. El postre tampoco estuvo mal: comida en un restaurante con vistas a las pirámides y a la esfinge. Un pequeño lujo.

El coloso en granito de Ramsés II preside el enorme vestíbulo del Museo

La segunda actividad, igualmente un imprescindible desde que hace unos meses fue inaugurado, es recorrer el Gran Museo Egipcio, donde se reúnen los principales tesoros de las épocas faraónicas en un recinto acorde y hasta majestuoso, con un criterio artístico novedoso y contemporáneo. A conocerlo dedicamos el siguiente día, pasamos allí unas cuantas horas atendiendo las explicaciones de Walla, salimos contentos y un poco cansados, pero con la sensación de que solo habíamos picoteado en este emporio de historia, arte y cultura. Pero más no pudimos hacer, como cuando se visita El Prado o el Louvre. Semejan inabarcables.

Multitud de visitantes y excursiones en el acceso al recinto de las pirámides

Salimos para las pirámides a las nueve de la mañana tras disfrutar el primer desayuno en nuestro hotel, un refrigerio bufé de categoría: frutas, dulce, salado, cereales, zumos, ensaladas, comidas más serias, pan reciente, ah, y la sorpresa del arroz con leche. Como el museo, inabarcable. Y eso que nos autolimitamos, como hicimos todo el viaje, para evitar la enfermedad del turista en depende que países, esas diarreas que te amargan debido a que la salubridad y la higiene no es la misma en todo los sitios. Concretamente en Egipto se denomina el mal de Tutankamón. No sin cierto esfuerzo pusimos veto a cualquier bebida no embotellada, usamos agua mineral para todo, incluido el lavado de dientes, y no probamos ensaladas, verduras crudas ni fruta que no peláramos. Tampoco cubitos de hielo. El resultado fue magnífico, ni rastro del mal .

Pequeño recinto explicativo antes de ver las pirámides

Walla y Momo cumplieron su cometido, que ya no vamos a volver a citar en todo el blog pues se repitió a diario, e igualmente con los demás guías. Momo se quedó con el coche en el párking y Walla gestionó las entradas mientras nosotros disfrutábamos del ambiente esperándola para entrar.

Un cartelito difunde allí la contribución española en una misión de investigación y conservación del patrimonio. Lo veríamos en algún otro sitio y un guía recordó que el apoyo español para el traslado de templos que iban a inundarse por la construcción de la presa de Asuán motivó el regalo del templo de Debod, desde hace décadas en el parque del Oeste en Madrid. 



Desde el primer momento Walla nos fue dando detalles e información de las pirámides.



Y por allí el inevitable puesto policial, pese a la tranquilidad de la que disfrutamos esos quince días trotando por Egipto.



Y en la distancia, Giza, también impresionante pero quizás no imponente.

Paseando nos fuimos acercando a las tres pirámides, en un día soleado pero no caluroso, o no mucho. Casi fresco en las primeras horas, se nos hizo rara esta sensación en el desierto. Agradecimos haber viajado en enero/febrero, con temperaturas (egipcias) suaves, aunque en el sur alcanzamos 31 grados. Por algo estas fechas son temporada alta, aunque el momento cumbre es semana santa. Un guía nos dijo que en verano mayormente llegan españoles del sur, posiblemente los únicos a los que no asusta estar a 40 o incluso 50 grados.


Nos fuimos acercando caminando sobre arena y muchos guijarros. Intentamos imaginar el paisaje de la zona en el proceso de construcción, un imposible. Muchos miles de obreros, animales, rodillos, algún tipo de grúa, rampas para subir las piedras, andamios elementales...

Cerca de las pirámides, la habitual parafernalia en lugares turísticos, calesas para los que no quieren/pueden caminar, o camellos para dar un paseo por aquello de la novedad



A unos cientos de metros las tres pirámides como picos enfocando al cielo, pero no reflejan sus dimensiones reales.


Era un día adecuado, el viento diluía la sensación de calor, y nos movíamos, sin prisa, con tranquilidad, como otros muchos visitantes.



Una vez cerca, todo cambia, son lo que son, moles macizas formada cada una por 2,5 millones de bloques, según los cálculos realizados.



En una zona están apilados algunos de estos bloques, posiblemente de las aperturas realizadas en diferentes momentos para acceder a su interior.

Pirámide de Micerino y el acceso para entrar

La de Micerino es la más pequeña de las tres. Construida sobre el 2510 a.C., su altura supera ligeramente los 60 metros. O sea, que lleva bastante más de cuatro milenios en pie.

La de Micerino mantiene parte de la cubierta en granito

A diferencia de sus dos hermanas, conserva en su parte inferior el revestimiento original de granito.

Base de la pirámide de Keops, la más antigua de las tres y la de mayor tamaño

La de Keops fue la primera, en torno a 2560 a.C., tres décadas después se levantó la de su hijo Kefrén y finalmente la de su nieto Micerino. Al lado de estas piedras resulta inimaginable como pudieron hacer para mover los bloques, irlos elevando de manera escalonada y alcanzar, en este caso, 146 metros de altura, con una base de 230 metros de lado. La erosión y la pérdida de su revestimiento exterior le ha hecho perder unos diez metros de altura y también cambiar el color blanco original.

Pirámide de Kefrén con su caperuza

La de Kefrén es fácilmente reconocible por tener en su punta parte del recubrimiento original. Tiene ahora la altura de la de Keops, pero parece mayor por estar en un lugar más elevado. Sobre la marcha decidimos visitar el interior de la pirámide de Keops, pero no lo logramos. No estaba previsto en nuestro programa y aunque nos esforzamos en conseguir los tickets online en el  momento (30€ persona nada menos), no hubo forma y tampoco ayudó que, sorprendentemente, cierra una hora al mediodía. Incluso la guía llamó a Ahmed, el responsable del viaje, pero sin éxito. Ciertamente nos fastidió al ser la más importante. Queríamos conocer las tres cámaras existentes en su interior (rey, reina y otra subterránea) y los pasadizos que permiten llegar a ellas. Y sobre todo el interior de una gran pirámide.

Dentro de una pirámide pequeña, corresponde a una de las reinas

Otro aspecto de la cámara funeraria de una reina

Como compensación entramos a una de las pequeñas pirámides anexas de las reinas, estas de acceso libre. Pese a ello no fue sencillo descender por una empinada y angosta rampa, agachados y pese a ello casi rozando el techo. Además, mucha gente. Sientes cierta impresión pensando el tiempo que la construcción lleva allí y que fue diseñada como recinto funerario escondido, para que nadie entrara, y ahora es una procesión. Obviamente, dentro de la cámara funeraria no hay nada salvo piedra.



Antes del viaje habíamos leído y visto documentales sobre el descubrimiento de los tesoros faraónicos a partir del siglo XVIII, los trabajos de investigadores como Belzoni (Italia), Lepsius (Alemania), Mariette (Francia) y Petrie (británico), la emoción de los hallazgos, la frustración cuando habían sido saqueadas (muchas) y ahora que estábamos allí nos quedábamos en la puerta. Como compensación, en días sucesivos nos hartaríamos de visitar templos y algunas tumbas subterráneas en el Valle de los Reyes.

Foso donde apareció la barca de Keóps, de 43 metros de eslora

Recorrimos los alrededores de las pirámides donde existen tres más pequeñas destinadas a las reinas (donde entramos en una), muy deterioradas y cuya altura inicial era de unos 30 metros. También el foso de la barca de Keops, que albergaba, desarmada, una embarcación de 43 metros de eslora, enorme. No fue descubierto hasta 1954 y ha sido recuperada y montada en un anexo especial en el Gran Museo. Hablaremos de este barco al final de esta entrada. Junto a la pirámide se mantiene abierto el foso que lo contenía.

Según el encuadre, la esfinge parece tan grande como una pirámide: falso

Acabada la visita a las pirámides nos acercamos en un bus lanzadera a la vecina e igualmente famosa esfinge de Giza. Esta monumental escultura tallada sobre una roca tiene 20 metros de altura y 73 de longitud, y se trata de una figura con cabeza humana y cuerpo de león. Fue construida a la vez que la pirámide de Kefrén y posiblemente formaba parte de su recinto funerario, como guardiana y símbolo de la sabiduría. Se eligió el emplazamiento en la cantera que suministraba piedra para las pirámides y perdió la nariz con el paso del tiempo. Se cree que fue dañada intencionadamente entre los siglos III y X de nuestra era y además se muestra muy erosionada.

Otra vista en la que parece mucho más pequeña que las pirámides: la realidad

Como es preceptivo, mucha gente aguardaba para visitar de cerca la esfinge. Pudimos recorrerla perimetralmente y de cerca la erosión resulta patente. Se sabe que existen agujeros y túneles en su interior, en la cabeza (la zona de piedra más dura) y la parte trasera, posiblemente de personas que buscaban tesoros. Pero no es extraño, lleva allí 45 siglos y lo mismo ocurrió con las pirámides.

Finalizado el recorrido, acudimos con la guía al restaurante previsto en un barrio en las inmediaciones. Tan cerca y tan bien orientado que comimos con vistas a pirámides y esfinge. Evidentemente, el fondo nos encantó. 

Vista de las tres pirámides y de la esfinge enfrente de la de Kefrén

Acabada la comida (carne asada, arroz, verduras y mousse de postre), regresamos al hotel a media tarde. Antes, concedimos a Walla que nos llevara a una tienda de papiros. Oficialmente, para conocer el proceso de fabricación, en realidad, para recibir una comisión sobre las posibles ventas. Habría más visitas de este tipo, pero lo cierto es que con nosotros pincharon en hueso. La diferencia en este caso es que resultó interesante ver como se fabricaban las planchas de papiro, un proceso sencillo y curioso.


GRAN MUSEO EGIPCIO


Visitamos el Gran Museo antes de que cumpliera su tercer mes de apertura, pero allí estaba, repleto de gente y dando impresión de solvencia, como si llevara años abierto. Curiosamente, unos amigos de Vigo que estuvieron en Egipto en octubre del 2025 no pudieron conocerlo y quedamos en transmitirles nuestras impresiones. No descartan un segundo viaje animados por su interés en visitarlo.


Las grandes cifras del recinto apabullan: más de 100.000 objetos exhibidos, desde la prehistoria hasta la época romana, y de ellos 20.000 por primera vez. Destacan 5.600 que corresponden a la tumba de Tutankamon, algunos espectaculares. Y desde luego nunca se habían expuesto de manera conjunta, incluida su máscara funeraria de oro macizo o sus tres sarcófagos, uno de ellos con 110 kilogramos de oro.

Explanada inicial antes de pasar por taquilla

Aparte del interés museístico, el gobierno egipcio prevé que este enorme e impresionante museo dé un impulso al turismo y estiman que será visitado por cinco millones de personas al año. Dicho así no se sabe si es mucho o poco, pero contando que abra todo el año serán casi 14.000 visitantes por día. Solo podemos decir que la jornada que pasamos allí estaba a rebosar. Los datos señalan hasta 19.000 entradas los primeros días, cifra que después se ha estabilizado sobre 15.000. Pese a ello, comprobamos que los diseñadores del museo han conseguido una circulación interior del público sencilla y sin aglomeraciones.

Zona exterior peatonal, una enorme plaza con el obelisco de Ramsés II

Las dimensiones del museo son casi mastodónticas, unos 500.000 metros cuadrados, más o menos un cuadrado de 700 metros de lado. Tampoco es una idea que surgiera de improviso; se pensó en 1992, pero las obras no comenzaron hasta 2005 y se alargaron hasta 2023, dos años antes de su inauguración. Solo esta plaza exterior alcanza los 30.000 metros cuadrados.

Enorme entrada triangular en clara alusión a las pirámides

Quizás por ello no sorprenda el dato de que ha costado mil millones de dólares. Al concurso convocado para su diseño se presentaron más de 1.500 propuestas de 82 países, la segunda mayor cifra en una convocatoria de este tipo. Lo ganó un estudio irlandés.

El primer obelisco suspendido del mundo

El obelisco de Ramsés II fue elegido para dar contenido a la plaza de acceso, con una característica especial: se decidió mostrarlo suspendido, algo novedoso. Para ello se levantó un monolito que justo en la base del obelisco es transparente. De esta manera puede verse el cartucho que identifica a Ramsés II como su promotor. Tiene 23 metros de altura (más los del monolito) y pesa 222 toneladas. Proviene de la ciudad de Tanis y acumula unos 3.200 años de existencia.

Una de las patas del monolito

Como curiosidad, las cuatro patas del monolito tienen grabado el nombre de Egipto en multitud de lenguas.

Fuente minimalista y plana en el exterior

Antes de acceder llama la atención una fuente grande y pegada al suelo, quizás por aquello de que junto al desierto no hay que hacer grandes fiestas con un bien tan preciado. Casi no tenía agua el día que estuvimos, que discurría entre ladrillos con forma de pirámide que obligaban a una circulación con pequeños remolinos.

Puerta de acceso, donde el museo empieza a manifestarse

En el exterior se adivina que es un recinto cuidado, muy grande, pero nada más traspasar el enorme acceso (desde fuera no lo parece tanto) cambia la percepción. La abertura se ve gigantesca, llamativa, muy bonita, y dentro una planta baja diáfana con el techo a una altura de cubierta de estadio de fútbol. Impresiona.

Una enorme estatua en granito de Ramsés II recibe a los visitantes

Como en el exterior, de nuevo Ramsés II es lo primero que se aprecia dentro del gigantesco vestíbulo. Se trata de una estatua en granito del faraón más longevo de la historia (gobernó 66 años), de 11 metros de altura y tallada en granito rojo. Fue descubierta en 1820  cerca de Menfis fragmentada en varios pedazos. Como prueba de que nada se ha dejado al azar, el vestíbulo ha sido diseñado (imitando al templo de Abu Simbel) para que en fechas señaladas el sol ilumine el rostro del faraón simulando el fenómeno de la coronación. 


Eso sí, a pesar de haber sido inaugurado recientemente, ya hubo que hacer una intervención para colocar una barandilla alrededor de la estatua de Ramsés II. Al parecer, varios visitantes se cayeron accidentalmente al agua que la circunda.

La cabeza de Anubis en el amplio hall

Y a partir de aquí, inmersión en la historia faraónica, con el gigantesco vestíbulo haciendo de receptor de los que llegan y facilitando la salida a los que han terminado. Mucha gente por todos lados y amplia vigilancia. Cámaras por todos los rincones.


Aquí no hay casi objetos expuestos, y en una escalera que aparece a la izquierda, no muy empinada. empieza la sucesión de arte faraónico.

Escalera desde el vestíbulo a las plantas superiores llena de grandes esculturas

Ascendiendo por la escalera se disfruta de grandes imágenes en piedra de diferentes períodos, Antiguo, Medio y Nuevo, que han sido elegidas para esta pasarela destacada. Todas disponen de paneles informativos en inglés y árabe. Sin embargo, aquí la destacada función de Walla quedó ratificada: sin las explicaciones de un guía el museo puede convertirse en algo pesado. Y, obviamente, incluso en nuestra situación, pasadas unas horas y cientos de vitrinas y esculturas, los datos empiezan a mezclarse en la cabeza. No es posible digerir un exposición de este tipo en una jornada. Pero es apasionante.

Vista del hall desde la escalera de acceso a las plantas

Walla siguió un sistema eficaz, en la escalera nos dio indicaciones generales y ella, que ya lo ha visto unas cuantas veces, subió por una rampa mecánica mientras nosotros los hacíamos a pie deteniéndonos en las piezas que nos llamaban la atención. Y una vez arriba, ya de seguido con nosotros.


Sarcófagos de todas las épocas y tamaños, esculturas, decoración funeraria, asombra semejante producción, que no deja de ser solo la que ha podido ser localizada.

Desde unos ventanales se disfruta de la vista de las cercanas pirámides

Subimos las escaleras hasta el final y allí comenzamos el recorrido por las doce salas de que consta, todas interconectadas, sin paredes y aunque a distintos niveles, lo que aumenta la sensación de amplitud. Y allí enormes ventanales permiten una vista de las pirámides de Giza, que de esta manera se integran en el propio museo.


Nuestra guía nos condujo de una planta a otra informando de dinastías, períodos, lugares, zonas donde se localizaron. Es una montaña de datos, pero resultó de lo más entretenido.


Paneles de granito con dibujos y mensajes.


Realmente, aguantamos bien la visita, sin desfallecer en ningún momento.


Tampoco tiene mucho mérito teniendo en cuenta las maravillas que contemplábamos.

Espectacular máscara funeraria en oro de Tutankamón

Y así llegamos al corazón del museo, a la zona acotada destinada a Tutankamón, el faraón quizás más famoso pese a que falleció con 18 años, o sea, que prácticamente no reinó o lo hizo unos pocos años. Elaborada en oro macizo con piedras semipreciosas, fue encontrada por Howard Carter en 1922 en una tumba del Valle de los Reyes, y restaurada en 2014. Data del 1323 a.C., supera los 3.300 años. 

Sarcófago en oro macizo de Tutankamón

Esta fue la zona del museo donde más gente se agolpaba y había que circular en fila. Se encuentra en un área especialmente delimitada y vigilada. Aparte de su valor material por los 110 kilos de oro, su valor cultural e histórico es inconmensurable. Este ataúd era el tercero que se encontraba en el interior de un santuario que casi ocupaba la cámara funeraria; el primero y el segundo construidos en madera de cedro con láminas de oro y el tercero, en la imagen, en oro de 22 quilates. Impresionante.

Santuario dorado de Tutankamón, dentro estaban los sarcófagos


Histórica fotografia del momento del descubrimiento de la tumba de Tutankamon.


Y por todos lados imaginería faraónica variadas basadas en todo lo que se suponía que el faraón necesitaría para su nueva vida, desde filas de guerreros...


... a estatuillas funerarias del antiguo egipto llamadas ushebtis, depositadas en las tumbas para servir como servidumbre eterna trabajando en lugar del difunto en el más allá. Solían ser en ceramica fina (fayenza), madera o piedra. Las de la imagen superior forman parte del tesoro de Tutankamon.


Abundan igualmente las maquetas de barcos funerarios. Este data aproximadamente del año 2000 a.C. y pertenece a un funcionario de Tebas de nombre Meketre. Normalmente con escenas de la  vida cotidinana en embarcaciones con remos para navegar por el Nilo. Su propósito era mágico y ritual para asegurar el viaje del difunto en el más allá.


Esta imagen en madera muestra a a sirvientes egipcios trabajando en la elaboración de cerveza o pan. Siempre figuras funerarias para servir al difunto y reflejan la importancia de la cerveza, parte importante de la dieta diaria en el antiguo Egipto.

Silla de la reina Hetepheres I

Pertenecía a la esposa del faraon Snefru, del siglo XXVI a.C., encontrado en una tumba escondida cerca de la gran piramide de Giza. Se trata de una estructura de madera, originalmente cubierta oro y con filigranas.


Imagen predinástica anterior al reinado de los faraones, con formas estilizadas abstractas en comparación con el arte egipcio posterior. Se cree que también cumplía funciones rituales y funerarias en las primera comunidades del Nilo.

Esculturas de un alto funcionario y su esposa

Estatua del funcionario Yuny, de la dinastia XIX, reinado del faraón Seti y su esposa Renenutet. Yuny fue escriba real y supervisor de los establos reales. En estas imágenes destaca el detalle de las pelucas y  las vestimentas tipicas de la  época del Imperio Nuevo.

Ataúdes egipcios antiguos

Barca solar del faraón Keóps, enterrada en origen en un foso junto a su pirámide

Acabada la visita del edificio principal del museo, salimos a un patio que nos conectó con otro inmueble del recinto dedicado específicamente a la barca solar de Keóps. Se ha procedido a su montaje, ya que se encontró desarmada y enterrada cerca de su pirámide, y su aspecto es razonablemente bueno. En el museo han construido una rampa ascendente para contemplar su casco al subir y luego puede recorrerse perimetralmente al nivel de la cubierta.

Casi 43 metros de eslora y 4.500 años de antiguedad, fue construida en cedro del Líbano mediante ensamblajes de madera, sin clavos metálicos. En total, 1.224 piezas incluyendo remos y cuerdas, que tardaron en montarse unos diez años. Después estuvo expuesta en un museo junto a las pirámides hasta su traslado al Gran Museo.

Un mes antes de la visita había comenzado el ensamblaje de una segunda embarcación encontrada en el mismo lugar. Se estima que los trabajos durarán cuatro años y se llevan a cabo a la vista del público junto a la barca solar.

Proceso del traslado de la embarcación tras su hallazgo

En las paredes se exhibe una colección de interesantes fotografías del descubrimiento del barco y de como se hizo para recuperarlo, trasladarlo y montarlo. Nos dio la impresión de que el barco hubiera dado para un museo específico, pero la cantidad de material recuperado en Egipto, y posiblemente el que todavía vendrá, seguramente lo impide. En cualquier caso, a nosotros nos recordó el museo Vasa de Estocolmo dedicado precisamente a un barco de guerra que se hundió en un lecho de arena en la costa de Estocolmo al botarlo, lo que permitió su conservación. Es la única embarcación del siglo XVII que ha sobrevivido casi intacta y el museo Vasa el más visitado de Escandinavia.

Abrumados por la intensa visita, al terminar Walla nos llevó a comer al restaurante Royal Lothus, en las cercanías pero moviéndonos en coche, un bufé que no estuvo nada mal. Y después digerimos muy bien la comida y todavía mejor la visita al calificado de museo más grande del mundo dedicado a una sola civilización, del que solo hemos tratado de trasladar una mínima idea.